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In 2025 I co-taught an elective called Diseño Inclusivo y Emocional (Inclusive and Emotional Design) at the Faculty of Architecture and Urbanism of the Universidad Católica de Salta (UCASAL). The course ran online, in real time, with 22 students in their fourth and fifth years, over 36 hours. A colleague led the module on emotional design. I led the module on inclusive design.
I have now written about it in Teks del Sud, the journal of the Faculty. The article, “Diseño inclusivo: desaprender para diseñar. Voces estudiantiles en la enseñanza de la arquitectura,” appeared in volume 7, number 1 (2026), pages 89–100. It is in Spanish, with an English abstract. You can read it on the journal’s site or download the PDF. Here is the short version.
Starting with unlearning
The first module borrowed an idea from Jutta Treviranus, director of the Inclusive Design Research Centre: before we can design differently, we need to question what we were taught, both what was said aloud and what we absorbed without noticing. Her module on unlearning is part of On Human Learning. Over three three-hour sessions, I asked students to reflect on their own experience of studying architecture. I read their contributions, fifty in all, shared anonymously, and looked for what kept coming back.
Three things they named
Inequality that passes as normal. Many students described being asked for digital work without owning a computer, for expensive prints and models, or for long nights in the studio when they had jobs and families. They did not present this as a complaint. They presented it as an analysis: treating everyone the same when people start from different places is not equality. Several reached this conclusion before reading any theory. The theory only gave them words for what they already knew.
Fear of error as a tool of control. Students recalled public humiliation in design critiques: harsh tones, a project held up as a bad example, labels that overshadowed the work itself. I do not read these as stories about bad teachers. They describe an inherited model in which harsh correction counts as rigour, and it persists because “that is how we were taught.” What mattered just as much were the accounts of the opposite: a studio where mistakes could be made safely, where criticism came with respect and explanation, and where classmates helped each other. Trust, I argue, is not a soft extra. Without it, reflecting while designing is close to impossible.
Lived experience as design knowledge. When we reached the disability rights principle “nothing about us without us,” the students recognized it from their own education. They had been designed for by a system that had not consulted them. They also noticed that the examples shown in class came almost entirely from Europe and North America, which narrows what they can see in their own region. And they saw the paradox: the participation they will one day owe to the communities they serve is what they had often lacked as students.
What I take from it
The article closes with three implications for teaching architecture. First, students’ material conditions are part of the pedagogical problem, not outside it. A course on inclusion that ignores who owns a computer and who can stay up until two in the morning building models is already teaching that inclusion is for other people’s projects. Second, correction in the studio is itself an act of design, because it shapes how future architects will relate to error, criticism and uncertainty. Third, students hold situated knowledge of the system that forms them, and involving them in thinking about how they are taught is a condition for teaching well, not a democratic extra.
The question that inclusive design keeps asking, whom are we not listening to?, turns out to apply first to our own classrooms. Asked in a classroom in Salta, it produced answers that were local, precise and urgent. I wrote the article so that they could circulate.
More about the course is on the Inclusive and Emotional Design page.
Desaprender para diseñar. Lo que los estudiantes de arquitectura ya sabían
En 2025 dicté, junto con un colega, la materia electiva Diseño Inclusivo y Emocional en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Católica de Salta (UCASAL). Se cursó en modalidad virtual sincrónica, con 22 estudiantes de cuarto y quinto año y una carga de 36 horas. Mi colega estuvo a cargo del módulo de diseño emocional; yo, del módulo de diseño inclusivo.
Esa experiencia es ahora el tema de un artículo publicado en Teks del Sud, la revista de la Facultad: «Diseño inclusivo: desaprender para diseñar. Voces estudiantiles en la enseñanza de la arquitectura», vol. 7, n.º 1 (2026), pp. 89–100. Puede leerse en el sitio de la revista o descargarse en PDF. Aquí va una versión breve.
Partir del desaprendizaje
El primer módulo tomó una idea de Jutta Treviranus, directora del Inclusive Design Research Centre: antes de diseñar de otra manera, necesitamos cuestionar lo que nos enseñaron, tanto lo dicho explícitamente como lo que incorporamos sin advertirlo. Su módulo sobre el desaprendizaje forma parte de On Human Learning. A lo largo de tres clases de tres horas, invité a los estudiantes a reflexionar sobre su propia experiencia en la carrera. Leí sus aportes, cincuenta en total y presentados de forma anónima, y busqué lo que se repetía.
Tres cosas que nombraron
La desigualdad que se llama normalidad. Muchos estudiantes relataron que se les pedían trabajos digitales sin tener computadora propia, impresiones y maquetas costosas, o jornadas larguísimas en el taller cuando trabajaban o tenían responsabilidades familiares. No lo plantearon como queja, sino como análisis: exigir lo mismo a todos cuando las condiciones de partida son distintas no es igualdad. Varios llegaron a esta conclusión antes de leer teoría alguna; la teoría solo les dio palabras para lo que ya sabían.
El miedo al error como herramienta de control. Los estudiantes recordaron humillaciones públicas en las correcciones: tonos duros, proyectos exhibidos como mal ejemplo, etiquetas que opacaban el trabajo. No leo estos relatos como historias de malos docentes, sino como la descripción de un modelo heredado en el que la corrección dura se confunde con rigor y se reproduce porque «así se aprendía». Igual de importantes fueron los relatos contrarios: un taller donde equivocarse era seguro, donde la crítica llegaba con respeto y explicación, y donde los compañeros se ayudaban. La confianza, sostengo, no es un dato afectivo secundario: sin ella, reflexionar mientras se diseña resulta casi imposible.
La experiencia vivida como conocimiento de diseño. Cuando llegamos al principio «nada sobre nosotros sin nosotros», propio del movimiento por los derechos de las personas con discapacidad, los estudiantes lo reconocieron en su propia formación: habían sido diseñados por un sistema que no los consultó. Notaron además que los ejemplos de clase provenían casi siempre de Europa y América del Norte, lo que limita su mirada sobre su propia región. Y advirtieron la paradoja: la participación que algún día deberán a las comunidades con las que trabajen es la que muchas veces les faltó como estudiantes.
Lo que me queda
El artículo concluye con tres implicancias para la enseñanza de la arquitectura. Primera: las condiciones materiales de los estudiantes no son externas al problema pedagógico. Una materia sobre inclusión que no considera quién tiene computadora y quién puede quedarse hasta las dos de la mañana haciendo maquetas ya está enseñando que la inclusión es para los proyectos de los demás. Segunda: la corrección en el taller es un acto de diseño, porque configura la relación que los futuros arquitectos tendrán con el error, la crítica y la incertidumbre. Tercera: los estudiantes poseen un conocimiento situado del sistema que los forma, e involucrarlos en la reflexión sobre cómo se enseña es una condición para enseñar mejor, no un gesto democrático opcional.
La pregunta que el diseño inclusivo no deja de formular, ¿a quién no estamos escuchando?, se aplica primero a nuestras propias aulas. Formulada en un aula de Salta, produjo respuestas locales, precisas y urgentes. Escribí el artículo para que puedan circular.
Más sobre la materia en la página Inclusive and Emotional Design.
